Videocreación y arte digital que desafían el formato
La Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo ha consolidado a lo largo de sus ediciones un espacio donde los márgenes del lenguaje cinematográfico dejan de ser frontera para convertirse en taller compartido. Entre sus secciones más singulares se encuentra la dedicada a la videocreación y el arte digital, una línea de programación que entiende la pantalla como un umbral permeable, capaz de absorber sonidos, lenguajes de programación, sensores y gestos performáticos sin pedir disculpas por ello.
Esta franja del festival no nace de la nada. Hereda la tradición del videoarte que durante décadas exploró el tubo de rayos catódicos como prolongación del cuerpo y, al mismo tiempo, dialoga con los lenguajes de internet, los videojuegos independientes y las prácticas contemporáneas de la imagen generada, intervenida o colapsada. La ciudad de Asturias, con su historia minera e industrial, ofrece un marco simbólico donde lo analógico y lo digital no se oponen, sino que negocian permanentemente.
Para quien se acerca por primera vez a esta sección, conviene abandonar la idea de que se trata de un mero apartado técnico. Aquí se exhiben piezas que alteran la duración, que diluyen la separación entre documental y ficción, que convierten al público en coautor de la experiencia. Es, en cierto modo, el corazón experimental del festival, donde lo que se juega es la posibilidad misma de seguir llamando imagen a todo lo que una pantalla proyecta.
Programadores y artistas han convertido cada edición en una pequeña constelación: instalaciones inmersivas, piezas sonoras, filmaciones con algoritmos generativos y obras que viven del error técnico entendido como lenguaje. Esa apertura ha hecho de Oviedo un punto de referencia para creadores que buscan pantalla, sala y público dispuestos a aceptar la hipótesis de que el cine, en el siglo XXI, es solo una de las ramas de un ecosistema mucho más ancho.
Orígenes y espíritu de una sección híbrida
La decisión de incorporar una sección estable de videocreación respondió a una constatación compartida por programadoras y programadores europeos: el cine contemporáneo había dejado de vivir únicamente en la sala oscura. Los formatos de vídeo corto, las plataformas de visionado en línea, los archivos en la nube y los entornos virtuales reclamaban una atención específica dentro de los festivales, no como apéndice técnico, sino como capítulo central del relato audiovisual contemporáneo.
Oviedo recogió ese guante con una orientación muy clara: hibridación. Las obras seleccionadas para esta franja suelen integrar performance, escritura, animación, programación, música en directo e incluso arquitectura efímera. La idea es que el público recorra la sección como quien cruza un paisaje, encontrando en cada sala un tono, una densidad, una pregunta distinta. Algunas piezas exigen veinte minutos de paciente contemplación; otras se ofrecen como destellos que se desvanecen en cuanto cambian las luces de la sala.
Una de las claves del éxito ha sido la voluntad de no marginar lo experimental detrás de horarios marginales. Por el contrario, las sesiones comparten cartel con ciclos de cine mudo con música en directo, conciertos y programas de cortometrajes, generando una sensación de simultaneidad disciplinar muy coherente con el perfil interdisciplinar del festival. Así, quien asiste descubre que la videocreación es una vía principal para entender el presente de las imágenes, sin necesidad de anteponerle etiquetas tranquilizadoras.
Instalaciones inmersivas y narrativa expandida
Las instalaciones de esta sección suelen ocupar espacios que la programación convencional desaprovecha: escaleras, antiguos almacenes municipales, fachadas, claustros universitarios. Esa decisión es también una declaración estética: lo importante no es únicamente lo que se proyecta, sino la manera en que la arquitectura envuelve al cuerpo del visitante. Videoinstalaciones con varias pantallas, mapeados sobre piedra, superficies transparentes que devuelven la mirada del espectador alterada por software de visión artificial forman parte del vocabulario habitual.
Obras como las que programadores invitados han traído a Oviedo en ediciones recientes dialogan con la tradición del cine expandido que defendió Jonas Mekas, al tiempo que se nutren de las prácticas inmersivas que hoy dominan ferias internacionales de arte. Aquí la intención no es competir con ellas, sino filtrar sus lenguajes a través de la sensibilidad asturiana, de una atención al detalle cotidiano, al archivo familiar, al paisaje industrial reconvertido. Esa filtración es lo que distingue a la sección dentro del circuito europeo de festivales especializados.
La narrativa expandida, aquella que se desarrolla a lo largo de varias piezas, soportes y plataformas, encuentra en este formato un campo de juego ideal. Un mismo proyecto puede presentarse como vídeo monocanal en una sala, como pieza web en una pantalla táctil, como intervención sonora en un baño público y como performance en directo en un bar del casco viejo. Esa dispersión controlada convierte cada edición en una pequeña ciudad interconectada, donde las obras se citan unas a otras y el público construye su propio recorrido curatorial.
Cuando la realidad virtual se vuelve materia artística
La realidad virtual dejó hace años de ser una promesa futurista para convertirse en herramienta creativa con gramática propia. En la sección de videocreación de la Semana Saco, las gafas y los visores no se presentan como novedad técnica, sino como un medio con sus propios ritmos, puntos de vista y limitaciones. Las obras seleccionadas suelen asumir esas limitaciones como parte del lenguaje: mareos intencionados, latencia como motor narrativo, aislamiento espacial que se convierte en dramaturgia.
Creadoras y creadores firman piezas para esta franja trabajando la inmersión desde la escasez más que desde el exceso. Pocos elementos, gran definición simbólica. En lugar de mundos virtuales saturados, encontramos habitaciones mínimas donde solo cambia la luz, pasillos donde lo único en movimiento es la respiración del visitante medida por sensores biométricos. Esa contención estética contrasta con la abundancia característica del medio y, precisamente por eso, resulta tan eficaz en la sala oscura.
El público asturiano ha respondido con curiosidad y cierta cautela. Cada año, las sesiones de realidad virtual generan colas inesperadas, debates en cafeterías y, sobre todo, una voluntad de volver al día siguiente para probar otra pieza con otra persona. Ese retorno es la mejor señal de que la programación no está pensando solo en especialistas, sino en quienes aún no saben que tienen interés por este formato y están a punto de descubrirlo.
Cine experimental, imagen-código y discursos cruzados
Una parte sustancial de la sección dialoga con la tradición del cine experimental sin hacer de ella una cita arqueológica. Se trata, más bien, de recuperar preocupaciones heredadas del estructuralismo cinematográfico —duración, plano fijo, manipulación de la materia fílmica— y trasladarlas al campo del arte digital contemporáneo. Vídeo generativo, glitch controlado, esculturas lumínicas que también son archivos comprimidos: las obras funcionan como ensayos visuales sobre cómo las máquinas piensan, fallan yerran sueñan.
En ellas, el código es también material expresivo. Una instrucción de programación puede leerse como un poema concreto, una partida de datos como una melodía minimalista, un bucle infinito como una reflexión sobre el tiempo. El festival ha acompañado este viraje con mesas redondas donde programadoras dialogan con artistas sobre la ética del conjunto de datos, los prejuicios del reconocimiento facial o la economía emocional de los modelos generativos, temas que rara vez aterrizan en las páginas de cultura generalista y que aquí encuentran una tribuna cuidada.
También la sección ha servido para tender puentes con certámenes extranjeros que comparten estas búsquedas. En esa línea de colaboraciones internacionales, Oviedo incorpora piezas seleccionadas en convocatorias como las que promueve el festival internacional y otras citas europeas, consolidando una red informal de intercambios que enriquece año tras año la mirada local sin caer en mimetismos.
Formación, diálogo y memoria del formato
La dimensión pedagógica es inseparable de esta sección. Talleres de animación digital, masterclasses sobre narrativa interactiva, encuentros con artistas jóvenes y ciclos de visionado comentado forman parte de la programación estable. La intención declarada es democratizar el acceso a unas prácticas que durante demasiado tiempo quedaron recluidas en escuelas de bellas artes y circuitos de financiación europeos restringidos.
Las sesiones suelen celebrarse en horarios vespertinos para facilitar la asistencia de estudiantes de la Universidad de Oviedo, del Conservatorio y de escuelas de arte de Gijón y Avilés. Esa porosidad formativa ha permitido que muchas de las piezas exhibidas luego viajen a muestras regionales, y que jóvenes creadores asturianos encuentren aquí su primera plataforma pública. La sección cumple, también, una función de vivero que conecta generaciones y disciplinas.
Por último, la memoria ocupa un lugar central. Cada edición cierra con un pequeño archivo público de las obras presentadas, accesible desde las notas-de-prensa que el festival publica anualmente. Esa voluntad de archivo es una manera de resistir la fragilidad del formato digital, de recordar que las obras que hoy desafían las convenciones visuales mañana serán historia, y que merece la pena conservarlas con mimo para generaciones futuras.
Si quieres vivir esta experiencia de primera mano, consulta la programación completa en la página oficial del festival y reserva tus sesiones con tiempo: las plazas para las instalaciones inmersivas suelen agotarse antes de que arranque la primera proyección del fin de semana.