La mirada detrás del corto ganador: una conversación con su director

La Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo cerró su pasada edición con una emoción contenida entre butacas y focos. El cortometraje que se alzó con el reconocimiento principal dejó huella en un público acostumbrado a descubrir propuestas arriesgadas, lenguajes nuevos y voces que aún no habían encontrado su espacio en la cartelera comercial. Su director, todavía con la mezcla final entre manos y los viajes de festival recién empezados, aceptó sentarse frente a un café para repasar el camino que lo llevó hasta el escenario del Filarmónica.

La conversación fluye entre la memoria del rodaje, los nervios de la première y la manera en que un cortometraje nacido en un piso compartido termina cruzando fronteras. Hablamos de cine, de Asturias, de los festivales que miran hacia fuera y de los que insisten en construir cantera desde dentro. Lo que sigue es un retrato cercano de alguien que, sin proponérselo, ha acabado representando a toda una generación de cineastas que ya no necesita irse para contar lo que sabe.

Un relato que no pidió permiso

El cortometraje ganador se presentó a concurso casi por inercia. El director recuerda cómo el guion llevaba años madurando en una carpeta del ordenador, a medio camino entre la autoficción y la observación del barrio donde creció. No era un proyecto al que quisiera forzar la máquina; lo escribió para entenderse, no para competir. La cinta termina por hablar de silencios familiares, de ausencias que pesan más que los diálogos y de una Oviedo que aparece sin hacer ruido, casi como un personaje más dentro de la ficción.

La productora del corto, una pequeña estructura local, confió en la propuesta desde el primer corte. El equipo trabajó con pocos medios, una cámara que se movía como si respirara y un casting donde varios actores no profesionales aportaron esa textura de documental que tanto cuesta fabricar en plató. El resultado fue un trabajo que respira autenticidad y que, según el jurado, devolvía al formato corto su capacidad de incomodar al espectador en apenas unos minutos. Esa incomodidad terminó siendo su mejor aliada en un palmarés donde la delicadeza y la valentía suelen pesar más que la pirotecnia formal.

Del cuaderno al montaje final

El proceso creativo arrancó mucho antes de que las cámaras entraran en escena. El director llevaba un cuaderno donde anotaba fragmentos de conversaciones escuchadas en la calle, fotografías familiares y titulares de prensa que le parecían significativos. Esa mezcla de materiales acabó por configurar la estructura del guion, construido por capas en lugar de por escenas cerradas. Cada secuencia se rodó pensando en el ritmo que adquiriría después en la sala de montaje, donde la pieza tardó casi seis meses en encontrar su forma definitiva, con varias versiones que se descartaron por completo.

Uno de los momentos clave del proceso fue la decisión de rodar en localizaciones reales, sin iluminación artificial. El equipo asumió la incomodidad de depender de la luz natural y de los imprevistos del espacio urbano. Esa elección marcó también la dirección de fotografía, que optó por encuadres largos y movimientos suaves, casi contemplativos. El montaje final priorizó las pausas, los rostros quietos y una banda sonora minimalista que dejara respirar a las imágenes. El director reconoce que aprendió más en esos seis meses de postproducción que en varios cursos seguidos, porque fue donde realmente entendió qué tipo de cine quería hacer.

Herencias cinematográficas y lecturas inesperadas

Al hablar de sus referencias, el cineasta cita tanto a los nombres previsibles del cine europeo de autor como a sorpresas que no suelen aparecer en las listas habituales. Menciona la tradición del cortometraje español de los años noventa, el cine de no-ficción latinoamericano y, con especial cariño, a cierta cinematografía nórdica que aprendió a mirar las cosas pequeñas. Esa diversidad de fuentes se nota en el resultado, un cortometraje que no se parece a ningún otro dentro del circuito nacional y que bebe de tradiciones muy distintas sin perder coherencia interna.

También habla de los libros, de la música que escuchó mientras escribía y de la influencia que tuvieron sobre él los cineastas que pasaron por la Sección Oficial de la Semana Saco en ediciones anteriores. Cuando ves propuestas tan distintas en un mismo programa, aprendes que tu propia rareza tiene sitio, señala. Esa confianza en la singularidad de su voz es, probablemente, una de las razones por las que su trabajo terminó destacando en un palmarés tan competitivo como el del festival ovetense, donde el jurado acostumbra a premiar el arriesgo por encima del cumplimiento.

Volver a Oviedo con el premio bajo el brazo

Regresar a la Semana Saco después de meses de gira internacional fue, en sus palabras, como volver a casa y que te estén esperando con la mesa puesta. El director reconoce que el calor del público asturiano fue especialmente significativo, porque aquí arrancó todo. Antes de que el corto empezara a circular por certámenes extranjeros, ya había encontrado en Oviedo una primera audiencia exigente y afectuosa, la que más cuesta ganarse y la que más marca cuando se consigue.

La experiencia de participar en un festival que combina cine contemporáneo, clásicos con música en directo, cortometrajes, teatro, conciertos y realidad virtual resultó determinante para él. Esa mezcla obliga a dialogar con formatos muy distintos y a repensar el propio trabajo desde otras disciplinas. El propio encuentro permitió también seguir el pulso con la actualidad del audiovisual asturiano, un ecosistema que en los últimos años ha empezado a mirarse con otros ojos, con cineastas que cruzan fronteras y llevan el nombre de Asturias más allá de lo local. Quienes quieran repasar ese pulso pueden leer el recorrido de algunos de ellos en de-asturias-al-mundo-cineastas-locales-que-triunfan-en-festivales-internacionales-review.

Lo que viene después del premio

Tras el reconocimiento en Oviedo, el corto ha pasado por muestras en distintas ciudades europeas y ha llamado la atención de productoras interesadas en desarrollar un proyecto de ficción más largo a partir de su universo. El director lo toma con cautela. Ahora toca decidir si el lenguaje que encontró sirve para algo de setenta minutos o si se agotaba justamente por su concisión, reflexiona. Esa honestidad con la propia obra parece ser una constante en su manera de entender la profesión, donde las prisas por rentabilizar un reconocimiento suelen acabar quemando propuestas con potencial.

Entre los planes más inmediatos figuran la escritura de un nuevo guion, todavía sin título definido, y la participación como invitado en algunas escuelas de cine donde le gustaría compartir su experiencia. Tiene en el horizonte una cita que admira desde hace años, un festival donde el cortometraje se vive con devoción casi artesanal y donde la conversación entre autores e industria resulta especialmente fecunda. Para quienes sientan curiosidad por esa otra forma de entender el formato corto, el Slum Film Festival es una buena puerta de entrada a ese circuito internacional.

Aprender del proceso: la formación que ofrece Semana Saco

El director insiste mucho en algo: el cortometraje ganador no habría sido posible sin los años de aprendizaje acumulado en talleres, laboratorios y masterclasses. Considera que la formación continua es la única manera de sostener una carrera en el audiovisual contemporáneo, donde las herramientas y los lenguajes cambian a velocidad de vértigo. Por eso celebra que la Semana Saco siga apostando por un programa pedagógico que no se limita a las proyecciones, sino que abre las puertas de su equipo creativo a quienes están empezando y todavía dudan si su sitio está delante o detrás de la cámara.

Entre las propuestas formativas de esta edición hay espacio para la experimentación más física, la que trabaja el cuerpo y la imagen desde la máscara. Quien quiera iniciarse en esa línea puede acercarse a la iniciativa sobre taller-de-creacion-de-personajes-con-mascaras-y-vestuario-basics, pensada para quienes buscan herramientas de construcción visual del personaje desde una perspectiva práctica. El director lo mira con envidia sana: ojalá esto hubiera existido cuando yo estaba empezando, porque te ahorra años de prueba y error. La invitación implícita es clara: dejarse interpelar por quienes vienen, observar cómo resuelven problemas parecidos con herramientas distintas y mantener viva la conversación entre generaciones de cineastas que comparten oficio.

Si la conversación con el director del corto ganador ha despertado tu curiosidad por el audiovisual contemporáneo, la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo te espera con una programación que vuelve a mezclar cine, música en directo, cortos, teatro, realidad virtual, conciertos y actividades familiares. Consulta la cartelera, apúntate a los talleres y ven a descubrir las voces que están reinventando la imagen en movimiento.